Es la típica sensación indescriptible que emana al entrar a la época otoñal, en donde se expresa su punto más fuerte, sin que desaparezca por completo en otras instancias del año. Es la victoria fácil de la otredad que emerge del fondo de nuestros seres, o incluso desde la misma tierra, para darnos un golpe que automáticamente mata nuestras esperanzas de lujuria y ociosidad. Por que es el momento cúlmine de la libertad del hombre, es el momento de liarse a las cuerdas de la represión y la responsabilidad análoga e inherente a nuestras vidas. Es el camino que escojemos, ese que en el futuro nos llevará ahora a nosotros a la victoria. Una sensación que no es desgano ni angustia, pero que nos hace parar un instante en el camino, respirar hondo y mirar el cielo anaranjado que nos indica la hora de la despedida de la felicidad, encender un cigarrillo quizás, para los que fuman. Los pies se hacen más pesados, obvio, caminamos con pesadas cadenas, pasos lentos e inseguros que transforman esta triste y gris ciudad en un ánima que fulmina los corazones de todo maldito ciudadano. Pero si es el camino que eligen, se preguntarán.Busco la llave que me lleva al silencio acojedor de nuestros rincones, privados, solitarios y oscuros. Nos sentamos sobre anhelos que pensamos irrealizables, y nos perdemos magicamente en ese vacío, una burbuja gigante azul que por un instante nos lleva a los lugares más recónditos de nuestros deseos. Pero al rato recordamos que estamos atados, somos seres hastiados. Una voz se escucha a lo lejos, y cuando nos paramos frente a la ventana, el cielo anaranjado ya se ha ido, pero la sombra de los árboles invade nuestro espacio, aún veo la punta de mis zapatillas. Ojos cansados , cuerpo frío, pensamientos vagos, los elementos se conjuran, y yo parado ahí... con las manos en los bolsillos.
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